Así la conocí.

La conocí en un bar, se llamaba Sofía. Estaba ahí sola, bebiendo, ignorando a los aduladores, despreciando a los Don Juanes. Llevaba una blusa roja, una falda negra, unos tacones que bien podrían alcanzar el cielo.

Tenía la tez clara, el cabello castaño, largo y muy liso. Tenía unas manos delicadas y largas, sus dedos hacían ver elegante aquella copa que sostenía. Daba pequeños sorbos, pausados pero con buen ritmo. Cada que sus labios tocaban el contorno de aquella copa, mi mente hacía una fotografía y la guardaba en el lugar más seguro que posee.

Hubo un momento en el cual, una multitud de ojos se postraban en ella, iba camino al tocador. Mi mirada, al igual que la de muchos, la acompaño hasta la puerta. Caminaba con elegancia, parecía muy natural, no forzaba el contoneo de sus caderas, sus piernas firmes parecían un castigo para el suelo que tocaba.

Un hombre intento interceptarla en su camino de regreso, ella sonrió un poco y lo hizo a un lado con la mayor sutileza que pudo, casi lo derrumba. El tipo humillado, le grito un impropio, el cual a ella ni le inmutó, pero a él, las risas de los presentes, parecían carcomerle el orgullo.

Cuando llego a la barra, el movimiento ágil y sutil que utilizo para sentarse, me dejo anonadado, le veía las piernas, mientras ella tomaba de su copa nuevamente llena.

El tiempo no parecía incomodarle y, el alcohol tampoco, ella seguía disfrutando de su bebida, cliente que llegaba, cliente que quedaba impresionado con su belleza. Impresionado de esos labios color cereza.

El mesero se acercó y me dejo otra botella. El impulso me gano y le pedí servirle las bebidas a la señorita de mi parte. Ella siguió tomando, yo seguí observándola por un rato más, tal parecía que mi oferta había sido rechazada. Me serví el último trago, dejando la botella ya vacía, voltee a la barra y ella ya no estaba ahí.

Juro que no fue una alucinación, aun su aroma rondaba por el ambiente, era delicioso.

Al salir del bar, la noche era fresca, el viento empezaba a arrastrar basura por las calles. Al parecer, yo iba junto con él. De pronto un mesero salió del bar, me entregó una servilleta con una nota:

Vivo en la calle melancolía número siete; Sí, como dice la canción. Ojala el destino nos haga una mala pasada y, nos vuelva a reunir en algún otro bar, tal vez el de enfrente. Por cierto, me llamo Sofía.

Tarde más tiempo en reaccionar, que en cruzar la calle y adentrarme en aquel bar, la busque en la barra, en las mesas, aguarde cerca del baño, como última esperanza de volver a ver aquellos labios. No hubo nada, solo ausencia.

Así fue como la conocí, le invite unos tragos y después la deje ir. Sólo sé que se llama Sofía y vive en la calle melancolía.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: