Bailar.

El día era nublado, turbio, sin aroma. Era un día común, lo único raro era ella. Se movía cuan ágil era, sincronizaba su andar con la danza. Pocos dotes tenía para mover los pies con gracias, es más, siempre le decían que se veía tonta cuando bailaba, al parecer, no sincronizaba cerebro con pierna, mucho menos con manos y caderas.

Piernas largas, manos grandes. Siempre caminando distraída, perdida, verla caer o tropezar, era algo tan peculiar; No sentía pena alguna de visitar el suelo, en ocasiones se quedaba quieta, tirada, como disfrutando el momento. La gente se le acercaba y trataba de ayudarla, entonces ella se percataba de su estado, volvía a caminar, se refugiaba en la sincronía de sus pasos y ese  ligero sonido, que provocaban sus zapatos al tocar el piso.

Hacer el trabajo correcto, esa era su función, por no decir que realmente ese era su trabajo. Corregir y hacer que todo pareciera bonito ¡vaya vida!

Aquel día le toco despedirse de un amigo, de un acosador, de un inmigrante, de un imbécil y de su lugar preferido, tercer escalón de las escaleras del tercer piso, de las escaleras de emergencia. Ahí podía llorar, gritar, de vez en cuando intentó sonreír, otras veces, sólo iba a perderse de la gente, de si misma, de la vida, de la luz, de su jefe, de su amigo, de su acosador, del inmigrante.

Camino a la salida, tomo prestado, un reproductor, una bufanda, un saco y una vida. Por fin, el día nublado y turbio, tenía aroma y, no era de la derrota.

Salió, le pintó el dedo al portero, se colgó el bolso al hombro y salió bailando. El ritmo de la canción no correspondía al de sus pies, mucho menos era una canción de esas que se bailan, sonaba una voz tranquila, Carla Morrison, eso parecía.

De pronto, verla pasear y bailar, era como ver a una de esas modelos con altos tacones cuando caen, sin gracia alguna. Mientras ella sonreía, un tipo pasaba justo frente a ella, un tipo de traje, se veía importante, con portafolios y zapatos caros, una corbata que desde lejos, decía que era muy cara.

No sé si fue cosa del destino o solo una obra del diablo, en aquel reproductor robado, empezó a sonar un tipo que le llaman PitBull, el tipo de traje, se agachó, tal vez a abrochar aquella agujeta suelta.

Lo demás, no necesita palabras, se sintió libre y empezó a bailar. Al tipo ahora solo le queda un portafolio, una mirada extraña, una sensación de haber sido usado y una erección que abultaba el pantalón.

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2 comentarios

  1. coincidencias nada+ ;D

  2. De coincidencias esta hecho el destino.

    Saludos Su! 😀

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