Miradas.

Tengo ganas de abrazarte, decirte que te quiero. Tomar tu cuerpo por la cintura, estrecharte, darte un beso y perderme en la inmensidad del tiempo.

Estabas sentada esperando el tren, justo del otro lado de la estación, eramos caminos opuestos, tú para el norte, yo para el sur. Fue entonces cuando pensé, “si sigo el mismo curso, eventualmente nos tendremos que encontrar”. Nuestras miradas se cruzaron, después, el tiempo hizo lo suyo.

En lo absurdo de lo cotidiano, te encontré de nuevo. Ahora llevabas el cabello largo, usabas falda, saco y tacones. Nuestras miradas se cruzaron, sonreíste. Cuando intenté sonreír, ya habías vuelto tu rostro a otro lado.

La vida es eterna, ya lo dijieron muchos pensadores, muchos filosofos, lo que no es eterno, es el individuo.

Estabas ahí, en la plazuela aquella. Ibas con pantalones ajustados, converse verdes, el cabello rojo, sonreías por todo, fumabas un “delicado”. Pase a unos 15 metros de ti, nuestras miradas se cruzaron, sonreimos y timidamente nos saludamos, levantamos la mano.

-¿Hace cuantas vidas me conoces?

-No lo sé, pero sé que te conozco de toda la vida, no esta, no la tuya ni la mía, sino “hace toda la vida”

Nos perdimos en el amor, en la inmensidad del universo, en la intermitencia del tiempo, en lo eterno de la vida.

Hace tanto que te quiero, que antes de decirtelo ya lo sabías, porque tu mirada y la mía, fue lo que siempre nos dijieron.

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