Y así pasó.

Tomaba una cucharada de miel con un caballito de limón, todo por los benditos remedios para la garganta, estabas ahí, a la vuelta del comedor, observe la cuchara, te observe a ti. Ibas en pantaletas y una camisa mía. Me fui al ataque!

De pronto tenías miel en los muslos, la camisa desabotonada, un bra poco manchado.

Empecé por tu cuello, comenzaba a besarte, a darte pequeños mordiscos, ligeros, apasionados. Deje mis labios y mis dientes para mejor ocasión.

Mi lengua recorría tus muslos, de arriba-abajo, te estremecías, la pasaba más lento, gemías. Quite cada gota de miel sobre tu piel. Bese tus pechos, mordí tu vientre, acaricié cada parte de ti, todas y cada una de ellas.

Mis labios se detuvieron un poco en tu vientre, bajaron un poco, se encontraron con un botón excitado, palpitando, me atreví a tocarlo con mi lengua, gritaste, pedías un poco más. Tú estabas excitada, yo estaba caliente. Baje un poco mi lengua, probe el dulce nectar de esda fuente de vida, mi lengua urgo dentro de tí. Pequeños gemidos, pequeños gritos se escapaban de tu boca.

Esa noche la miel endulzo la cocina, la silla, el comedor, la alfombra, las sabanas, mi alma y tu alma.

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